La seguridad de que existen estímulos capaces de despertar en el niño/a la actividad espiritual, forma la base de nuestro sistema educativo. No se deben realizar señalamientos sobre estos estímulos. Su mayor o menor eficacia dependen del educador/a y de su modo de presentarles a los niños/as el material didáctico. Ya que el adulto sabrá hacer que estos objetos sean atractivos para los niños/as, su enseñanza será tan eficaz como lo sea el material. Es por eso que entendemos como lección o enseñanza del educador/a su especial habilidad para presentarle el material a los niños/as y enseñarles su uso correcto.

Las personas que estudian nuestro método se ocupan mucho de todo lo referente a la enseñanza del educador/a. Es interesante hacer una comparación entre las lecciones que se dan en nuestras escuelas y las que se acostumbran dar en otras escuelas, en las que se enseña con el método tradicional.

En nuestro método de enseñanza la parte esencial de la actividad se deja a la iniciativa del niño/ a. Apenas llega a la edad de poder realizar acciones razonadas, está en grado de continuar solo su educación, repitiendo cuantas veces lo desee los ejercicios aptos para ejercitar su razonamiento, de esta manera se cumple un trabajo hecho independientemente, que le pertenece a él solo y en el que el educador/a no debe intervenir. Su tarea se limita a ofrecer el material. Basta con que se lo muestre, después lo puede dejar con su trabajo. Nuestra meta no es la de impartir enseñanzas sino despertar y desarrollar las fuerzas e inquietudes espirituales.

El número de estas lecciones debe ser muy grande, ya que el niño/a ignora el uso de casi todos los objetos que lo rodean y no lo puede adivinar solo. Corresponde al educador/a mostrárselas. Muchos me han preguntado si basta ofrecer el material con gentileza, delicadamente. No, no es suficiente porque lo que en realidad importa es la manera en que se debe utilizar. Tomemos como ejemplo los cubiertos. Todos conocemos muy bien su uso, pero, si un chino, que no sabe cómo usarlos los ve por vez primera sobre nuestra mesa, se sentiría confundido, los pasaría de una mano a otra hasta que no viera a alguien utilizándolos.

Así el educador/a realiza las lecciones todas las veces que pone los cubos, acomodándolos por tamaños, uno sobre otro, para formar una especie de torre que después derrumba. Cuando quita los cilindros de los bloques, los mezcla y des pues los acomoda en los espacios correspondientes, hasta la forma en la que coloca el tapete sobre el suelo para trabajar.

Estas lecciones pueden parecer extrañas porque se realizan casi silenciosamente, mientras generalmente se piensa que las lecciones significan explicaciones orales, casi un pequeño discurso. Estas señas sin palabras son verdaderas lecciones. Muestran al niño/a como se tiene que sentar, como debe levantarse, como debe transportar una mesita o una charola portando vasos con agua, como moverse ligeramente y con seguridad. ¿No les parece que también estas son lecciones? El educador/a no logrará jamás enseñar esta tranquilidad con las palabras, sino solo con la propia tranquilidad y seguridad. En un cierto sentido podemos decir que la lección de la tranquilidad es un símbolo de nuestro método de enseñanza. Es de esta forma que se enseña todo, hasta cosas de las cuales se cree comúnmente no se puedan alcanzar a conciencia sino a través de la palabra.

En nuestras escuelas el ambiente mismo le proporciona lecciones al niño/a. El educador/a debe relacionar al pequeño con el ambiente, mostrándole como se usa cada objeto.
En otros métodos esto no sucede. Se escuchan órdenes. El educador/a le ordena a los niños/as: <¡Quédate quieto!> <¡Cállate!> ¿Son éstas palabras que educan? Nosotros, por el contrario, no creemos en el poder educativo de la palabra y de las órdenes, buscamos cautelosamente guiar su actividad natural, casi sin que él se dé cuenta. Nos muestra los resultados positivos de nuestro esfuerzo, adquiriendo nuevas capacidades y perfeccionándolas con el ejercicio asiduo, hecho por iniciativa propia. El hecho de obedecer una orden presupone ya la formación de la personalidad. En otras palabras, el niño/a debería haber adquirido desde antes la facultad de poder reaccionar como nosotros queremos. Por eso tenemos que hacerlo ejercitarse en la obediencia, porque dándole órdenes no se obtendrá jamás. Con mucha frecuencia se escuchan recomendaciones del educador/a de piano: <¡Posiciona bien los dedos!> sin haberle mostrado al alumno/a como los debe poner. Sucede entonces que el alumno/a vuelve a poner los dedos incorrectamente y el docente vuelve a repetir la misma observación y el alumno/a continua a posicionar los dedos incorrectamente sobre el teclado.

Es necesario anticipar a la orden algo más esencial: en el desarrollo del alma infantil ya se ha formado un cierto orden, que le permite al pequeño ser capaz de someterse al adulto y obedecerle. Este estado de obediencia es alcanzado por el niño/a sin ninguna ayuda, ejercitándose arduamente. Antes de que esto suceda no es posible ni pensar en ayudarlo. La enseñanza oral vendrá más tarde.

Es cierto que la palabra se debe enseñar. Esto nos conduce a la enseñanza que corresponde al patrimonio de las palabras del niño/a y a su manera de comunicar. Por lo regular las maestras sin experiencia le dan gran importancia a la enseñanza y creen de haber hecho todo una vez que han mostrado el material del modo más conveniente. En realidad están muy alejadas de la realidad, porque la tarea del educador es mucho más importante. A ella le corresponde guiar el desarrollo del alma infantil y por esa razón su observación a los niños/as no debe limitarse únicamente a aprender a conocerlos. Todas las observaciones deben mirar (y esta es la única justificación) la meta de poder ayudar a los niños.

La tarea del docente primerizo es muy complicada. Quisiera recordar algunos principios que le podrán ayudar. Antes que cualquier otra cosa ella debe saber reconocer la polarización de la atención. Cuando el niño/a está sumergido en su gran trabajo, el educador/a debe respetar esta concentración y no debe romperla ni con cumplidos ni con correcciones. Muchos docentes se han posesionado superficialmente de este principio. Una vez que el material ha sido distribuido se retiran y se mantienen en silencio, no importa qué pueda suceder. Se consigue un gran desorden en la clase. El respeto de la actividad del niño/a que se comunica con la no intervención, se justifica solamente cuando suceda un fenómeno sustancial; es decir, cuando él haya adquirido la facultad de recoger toda su atención en un objeto y se haya dedicado a trabajarlo, una vez que el objeto haya despertado su interés (no su curiosidad). El respeto no es justificado cuando las energías positivas infantiles se dispersan en el desorden. Una vez vi un grupo de niños/as desordenados que utilizaban mal todo el material. La maestra vagabundeaba lentamente por toda el aula, silenciosa como una esfinge. Le pregunté si no sería mejor que los niños/as salieran al jardín a saltar. Entonces pasó de niño/a en niño/a susurrando a cada uno una palabra en su oído. Le pregunté qué estaba haciendo, a lo que contestó que hablaba suavemente ¡para no interrumpirlos!

Esta maestra estaba cometiendo un gravísimo error. Tenía miedo de interrumpir el desorden, en lugar de dar las instrucciones para ayudar a reestablecer el orden que favoreciera la actividad individual de cada niño/a.

En una ocasión un docente me hizo esta observación: <Usted quiere que se respete la concentración infantil de la misma forma en la que se respetaría a un científico o a un artista. Pero entonces, ¿por qué dice que es necesario interrumpir a los niños/as que en lugar de trabajar están jugueteando con el material didáctico?> Es verdad, es necesario respetar la actividad intelectual del niño/a de la misma forma en la que se respeta la inspiración de un artista, dándole más importancia a la inspiración que al artista mismo. Si por ejemplo, entro en su estudio y lo veo fumando y jugando a las cartas, claro que no me importará distraerlo. Es más hasta me atrevería a interrumpir su juego de cartas, pedirle que apague la pipa, e invitarlo a dar un paseo para disfrutar del sol.

Nuestro método no aconseja el respeto a los defectos o a la superficialidad. Su base esencial está en poder reconocer la diferencia entre las condiciones físicas del niño que puedan ser favorables para su salud espiritual (que nosotros podríamos llamar el bien) y otras, que no pueden construir nada, no pueden ser formativas, o es más, dañan su desarrollo, mermando inútilmente sus fuerzas (a esto lo podríamos llamar el mal). Nos gustaría que esta distinción llegara no solo al corazón de los docente, sino también al de las familias.

El adulto puede llamarle la atención al niño/a con severidad y energía y sacarlo de su desorden, pero quien conoce bien su vocación posee medios eficaces para contener al niño/a y obtener el propósito de retomarlo al orden. Sin lugar a dudas hace falta observar y trabajar continuamente; la maestra tiene que vigilar y preparar el ambiente. ¡Es mucho más fácil regañar y amenazar! En cambio su tarea no es fácil: requiere mucha compenetración y mucho amor.

El adulto se tiene que ocupar del ambiente del niño/a. Pero no basta: debe conocer qué le pasa al niño/a, tiene que embellecer con sus manos la “cuna” del alma que está tomando forma.

Ejercitándose en la observación, el adulto terminará por tener una visión clara de la tarea que le corresponde.

El orden y el desorden infantil, así como los sucesos que se obtienen de ellos, dependen muy frecuentemente de la observación de los particulares más insignificantes, pero solo con el ejercicio se llega a tener un resultado satisfactorio.

Fácilmente podemos dar un ejemplo para demostrar como un error aparentemente pequeño, puede tener consecuencias. Imaginemos una casa con tinas de baño. Si los inquilinos de esta casa utilizan las tinas como depósito de carbón no podrán utilizarlas además de dañar la casa y el mobiliario. No podrán utilizar las ventajas de tener tina y poder darse un baño, todo esto por un error aparentemente pequeño. En donde se esperaban grandes resultados, nada podrá ser obtenido. En lugar del orden se habrá creado el desorden.

La habilidad del docente está guiada por la aplicación de las bases de nuestro método. Si se basa absolutamente en nuestro método, encontrará ayuda para luchar contra todas las pequeñas dificultades y podrá obtener grandes resultados.

El camino es el mismo para todo perfeccionamiento, también para el perfeccionamiento moral. Saber vencer un pequeño pecado, que puede ser perdonado, no quiere decir alcanzar la perfección. Pero aquella alma que logra librarse de las debilidades, se puede elevar y, mientras supera estos defectos, deja que las fuerzas positivas desarrollen toda su energía. Es de este modo que se superarán poco a poco las pequeñas dificultades.

Debemos ayudar al niño/a a liberarse de sus defectos sin hacerle sentir su debilidad.

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